Yo soy Arturo Ártico y quiero contarles una historia. Soy un pingüino que ha aprendido a ser feliz después de muchas historias complicadas. Cuando era pequeño, me costaba mucho entender a los demás chicos. A veces parecía que hablábamos idiomas diferentes, aunque todos habláramos el mismo idioma.
Les voy a contar lo que pasó una vez en la escuela. Yo quería mucho jugar con Carlos, él era un chico especial, siempre llevaba una lonchera de mi serie favorita, jugaba con un montón de niños y todos se reían mucho con él. Pero conmigo no hablaba...
Yo trataba de hablarle, de ser su amigo, pero era como si no me escuchara. Me ponía triste, y cuando me frustraba, hacía cosas que no debía:
Hasta que un día, la maestra me regañó por quitarle la comida a Carlos para llamar su atención. Ese día, ella me explicó una regla muy importante. Me dijo que, si le hacía cosas que no le gustaban, como pegarle o molestarle, nunca iba a poder ser su amigo. Me explicó que debía intentar entender qué le gustaba a Carlos...
Me sugirió que incluso podría preguntarle si quería jugar conmigo, o si quería compartir su tiempo conmigo, tal vez incluso prestarle mi muñeco más preciado por un rato. Al principio, no me gustó para nada esa idea. Mi muñeco era mío y no quería que nadie lo tocara. Además, yo prefería hablar de los planetas...
Pero la maestra seguía insistiendo, me decía que, si no le preguntaba, nunca sabría qué cosas podía compartir con él. Así que un día, me armé de valor y le pregunté a Carlos qué le gustaba. Y ¿saben qué? ¡Desde ese día somos amigos! ...
Y ahora, cuando alguien me pregunta qué aprendí, les digo que ser amigo no siempre es fácil, pero a veces solo hace falta un poquito de paciencia